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sábado, 16 de febrero de 2013

La arena y la roca

Dos amigos caminaban por la orilla de la playa cuando, de pronto, comenzaron a discutir. La discusión se volvió tan acalorada que uno le dio una bofetada al otro. Sin decir una palabra, el que había sido golpeado en el rostro escribió en la arena : "Hoy mi amigo me dio una bofetada".


Mas tarde ese mismo día los dos amigos se estaban bañando en la playa. Uno de ellos, el mismo que había sido golpeado, nadaba en aguas profundas cuando, de pronto, comenzó a ahogarse. Sin pérdida de tiempo, olvidando la rencilla que los había separado, su amigo nadó con todas sus fuerzas y logró rescatarlo. Después de haber recuperado sus energías y agradecido a su amigo por lo que había hecho, el joven rescatado escribió en una gran piedra: "Hoy mi amigo me salvó la vida".


Al observar esto, su amigo le dijo, curioso:
-Después que te golpeé, escribiste en la arena. Ahora que te salvé, escribiste en una roca. ¿Por qué?
-Cuando un amigo nos hiere- respondió el joven- tenemos que escribir la ofensa en la arena, para que los vientos del olvido borren ese ingrato recuerdo.
Pero cuando un amigo bendice nuestra vida tenemos que grabar su acción en la piedra, de modo que ningún viento, por fuerte que sea, pueda borrar jamás lo que ha hecho por nosotros.

¿Dónde estás escribiendo las ofensas que te han hecho tus seres queridos? ¿Por cuanto tiempo esos recuerdos van a herir tu corazón? ¿ Dónde estás registrando lo que esas mismas personas, u otras cercanas han hecho por ti? ¿Les has dicho lo mucho que agradeces ese favor, esa bendición?

Quiera Dios que, a partir de hoy mismo, escribas las ofensas de tus mejores amigos en la arena; y sus bendiciones, en la roca.

Promesa:
"Que la paz de Cristo reine en sus corazones porque con este propósito los llamó Dios a formar un solo cuerpo. Y sean agradecidos." (Colosenses 3:15)

lunes, 28 de enero de 2013

No es necesario esconderse

Veintinueve años después de la finalización de la  Segunda Guerra Mundial, el subteniente de Hiroo Onoda, un oficial de la inteligencia del ejército impedial del Japón, se rindió formalmente, con lo que puso fin a casi tres décadas de permanecer escondido innecesariamente en la selva.
El subteniente Onoda salió de la jungla de la isla Lubang, en las Filipinas, solo después que su comandante de los años de guerra le envió una copia de la orden de rendición del emperador Hirohito, emitida en 1945.

Cuando Onoda se convenció totalmente de que la guerra había terminado, regresó a su escondite, trajo su espada y se la entregó a un general de la fuerza aérea filipina. El hecho ocurrió en el día cuando él cumplió 52 años.

El subteniente Onoda fue descubierto por un estudiante japonés que estaba acampando en la isla Lubang. Onoda dijo que se rendiría solamente si su oficial superior ordenaba hacerlo. En 1944, dicho oficial le había ordenado quedar en la isla y espiar al enemigo "no importa lo que ocurra".
En 1972, soldados filipinos mataron a un guerrero japonés de la Segunda Guerra Mundial en un enfrentamiento, y otro soldado- presumiblemente- Hiroo Onoda- huyó. Cuando sus padres se enteraron del paradero de su hijo, estallaron en lágrimas.

Aunque las diferencias sean muchas, en algunos aspectos, la experiencia del subteniente Onoda guarda paralelismo con la de muchos profesos cristianos. Se unen al ejército cristiano, pero pierden contacto con su Comandante Supremo. Continúan peleando miserablemente contra el pecado, "no importa lo que ocurra", pero con su propia fuerza.
Están tan ocupados peleando y  ocultándose del enemigo que nadie puede encontrarlos para decirles que la guerra entre el bien y el mal fue ganada por Jesús, y que cuando se rinden al Señor son victoriosos. No hay necesidad de seguir peleando solos; tan solo necesitan reclamar la victoria alcanzada por Cristo.

PROMESA PARA HOY:
 Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano. ( 1 Corintios 15:57,58)

jueves, 12 de julio de 2012

¿Tienes algo que agradecer?

Relato:Un grupo de jóvenes le preguntaron a un anciano lo que era para él la gratitud. Y el les explicó con la siguiente ilustración: “miren muchachos, si en este momento me dan un plato lleno de arena y me dicen que hay partículas de hierro en él, puedo quizá buscarlas con mi vista e incluso con el tacto de mis dedos y no encontrarlas. Pero si tengo un imán y busco con él en el interior de la arena atraeré las casi invisibles partículas de hierro con el poder de su atracción.


El corazón lleno de pecado no es agradecido, al igual que mis dedos, no descubre nada bueno. Pero dejemos que el corazón agradecido pase a lo largo del día y veremos cómo su magnetismo encuentra el hierro. Hallará cada día que en la arena de la vida hay grandes bendiciones del cielo que sólo los corazones agradecidos saben detectar y gozar.”